¡No desistas!

“¡No desistas!”


Nacho estaba una vez más castigado en mi oficina, ya estaba en 4° grado de primaria y parecía que con cada nueva maestra el panorama era el mismo:


“No quiere aprender, no deja de molestar a sus compañeros, no hace las tareas y se niega a realizar el trabajo de clase”.


Sus ojitos azules y llenos de lágrimas brillaban mientras la maestra me relataba con gran molestia todas las razones por las que en ese momento prefería que ya no estuviera dentro de su salón de clases ni un instante más. 


Tras salir la maestra de mi oficina, Nacho y yo nos quedamos mirando y en silencio rondaban varias preguntas en mi cabeza:


 ¿Qué podría decirle que no le hubiera ya dicho en los tres años anteriores?, ¿Cuántas veces más estaría ese pequeño castigado en mi oficina y lejos de sus compañeros de clase?, ¿Por qué no habíamos logrado hacer que mejorara?...


Ese día, cuando fui sorprendida por la entrada de su maestra y Nacho en mi oficina, me encontraba cambiando una vez más de lugar aquella plantita que me habían regalado y que por más cuidados que le había brindado parecía que cada vez perdía más hojas, sus tallos se debilitaban y parecía estar a punto de morir.


Y entonces justo cuando nos quedamos en silencio Nacho me preguntó: “¿Sigue mal tu plantita, verdad?”

Yo le dije que estaba preocupada porque veía que se estaba muriendo a pesar de que la regaba diario, le había puesto fertilizante y la había cambiado a diferentes lugares de la oficina pensando que quizá lo que le faltaba era luz y en otras ocasiones pensando que quizá el exceso de luz era lo que la estaba afectando. Los dos nos sentamos a verla y a platicar sobre la plantita.


“¿Qué será lo que la tiene así pregunté?” A lo que Nacho contestó que quizá no era ni agua ni luz lo que le faltaba, sino que quizá se sentía triste.


“¿Y por qué crees que esté triste?”, le pregunté y él me contestó:

“Quizá está triste porque está solita, sin más plantas que la acompañen”.

“Creo que tienes razón. Mañana mismo voy a traer otra plantita que poner a su lado y esperaré a que eso haga que esté más feliz y se recupere”, le dije.


Una semana más tarde estaba Nacho nuevamente castigado en mi oficina y mientras su maestra repetía frente a él más o menos el mismo discurso, sus ojitos estaban fijos en el par de plantas que ahora estaban frente a la ventana. Tras salir la maestra Nacho me dijo: “¿Está mejor, verdad?”


Yo le dije que había sido una excelente idea la de ponerle otra planta a lado, que quizá ahora que no estaba sola y que veía a su lado una hermosa planta, se sentía más motivada a mejorar y a crecer. Le pregunté entonces: ¿Tú te sientes feliz acá en mi oficina lejos de tus compañeros? Y me dijo con lágrimas en los ojos que no y entonces “como una ola”, reventó diciendo: “Me gustaría no estar siempre en problemas”, “Me gustaría que no me castigaran”, “Me gustaría tener amigos”, “Me gustaría no sentirme solo”, “Me gustaría que mi mamá se sintiera orgullosa de mi”, “Me gustaría en verdad mejorar”...


Ese día yo pude comprender el dolor de Nacho, su frustración, su soledad y necesidad de cariño; ese niño estaba pidiendo a gritos ayuda, necesitaba sentirse escuchado, amado y aceptado.


Me acerqué a su maestra y le relaté todo lo que había sucedió en la oficina, se me quedó mirando y sus ojos se llenaron también de lágrimas y dijo:  “No imaginé que sufriera así, la verdad que siempre parecía que no le importaba nada”.


Ambas trazamos a partir de ese día un plan para ayudarlo que incluía el citar a sus padres y recibir asesoría de especialistas para poder apoyarlo mejor.


Una de las decisiones que tomamos fue que cuando tuviera una mala conducta no lo volvería a sacar del salón, él necesitaba estar rodeado de sus compañeros y sentir que no era una carga para la maestra. 


Un par de semanas más tarde de pronto Nacho apareció en mi oficina en su tiempo de recreo:


- “¿Qué pasó Nacho, cómo estás? Me comenta tu maestra que has estado trabajando mejor, me da gusto”.

Dibujó una hermosa sonrisa en los labios y sin hacer más comentarios al respecto, volteó a ver a la plantita la cual en verdad estaba cada vez más recuperada y dijo:

-“Sólo quería ver cómo iba tu plantita”.

-“Cada vez mejor, como lo puedes ver. Pienso que desde que está acompañada y no la cambio tanto de lugar, se siente más contenta. La cuestión es no perder la fe. Cuando se empezó a poner muy mal quise tirarla pero entonces decidí hacer todo lo posible para ayudarla a mejorar. Quiero que sepas que así como con la plantita, yo haría cualquier cosa por ayudarte a estar mejor. No dudes en pedirme algún apoyo para que puedas sentirte feliz y trabajar bien. Pienso que tienes muchos talentos: eres un niño muy creativo e inteligente, además de que eres muy afortunado pues tanto tus papás como tu maestra tampoco van a dejar de creer en ti y en la posibilidad de que florezcas”.


Nacho sonrió con una sonrisa tan grande que llenó mi alma de fe y esperanza en que esto sería una realidad.

Y fue así… Gracias a esa intervención que hicimos todos, que Nacho empezó a mejorar, al grado que no volvió a regresar castigado a mi oficina y sólo lo podía ver unos minutos mientras observaba alguna de sus clases o los recreos.


En quinto grado cuando le pregunté a su maestra sobre Nacho, me dijo:


-“Le cuesta un poco la parte de matemáticas pero es un niño al que le gusta participar y cada vez cumple mejor con sus tareas”. 


Para mi agrado al pasar a sexto grado y preguntar por él a su nueva maestra, me dijo:


-“Es un niño muy querido en su clase y en general va muy bien, considero está listo para la secundaria”. 

Llegó el día de su graduación de primaria y entonces Nacho había dejado de ser una preocupación para mí, sus maestros y sus padres. Se le veía muy contento vestido de traje al recibir su certificado. Le di la mano y ambos nos dirigimos una mirada muy especial: entre él y yo había cierta complicidad y, por supuesto, cariño. Entonces sucedió algo que no esperaba y que me hizo entender en un instante que puedes “tocar la vida de un ser humano” cuando lo haces con amor. Me dijo:


-“Yo sé que tú creíste que podrías salvarme, como lo hiciste con tu plantita. ¡Gracias por no haber perdido nunca la confianza en mí!”


Y desde ese, día para recordarme mi compromiso de no darme por vencida con ningún alumno, puse esta frase al calce de todos los correos que mando a padres y maestros:   Solo quien ve en cada alumno la semilla de la grandeza e instala en él la convicción de que puede alcanzar lo que le parece imposible, lo ayuda a conocer su verdadero potencial y a crecer  Mario Alonso Puig.  


Esta anécdota, que viví como directora de primaria, la quiero compartir con todo mi cariño a madres, padres y docentes que cada día tenemos en nuestras manos la posibilidad y la responsabilidad de ayudar a crecer y florecer a quienes nos fueron encomendados.


Maestro: Cuando te sientas desesperado(a) y pienses que ya no hay nada qué  puedes hacer por uno de tus alumnos, que siempre reprueba, que no hace las tareas, que es indisciplinado, grosero, molesta a sus compañeros, etc.  ¡No te des por vencido!, y prueba estos pasos que a mí me han dado resultado:


1. Busca espacios “uno a uno” para poder platicar con él, escúchalo y empatiza con sus sentimientos de dolor, enojo y frustración. Esto genera un vínculo afectivo y cuando el alumno sabe que te interesas por él ya tienes algo de camino ganado. 


2. Conoce y reconócele sus fortalezas. El empezará a creer en su potencial cuando al verse reflejado en tus ojos, vea todo lo bueno que hay en él.


3. Genera estrategias que involucren a todos los que trabajan con el alumno: padres, otros maestros, dirección, sus compañeros y en caso necesario terapeutas.


4. Y ámalo, por ser quien es y más aún cuando se muestre grosero e indiferente pues eso indica lo mucho que necesita de tu atención y de tu cariño.


Y si este camino no parece funcionar, busca otro más y otro… pero ¡no desistas!



Theresia Pfennich

Directora de Colegio Copán

y CEO de Menara Community


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